
Simplificando la economía podríamos dividir los bienes en dos, los bienes complementarios y sustitutos (obviemos por ahora los bienes giffen), el comportamiento de los bienes complementaros es una mutua relación en casi todos los aspectos, por ejemplo el consumo de A depende del consumo de B, así si consumo más té consumiré más azúcar, la relación opuesta sucede con los bienes sustitutos si baja de demanda de uno sube el del otro bien, porque es la alternativa, y en esto nos concentraremos.
Cuando un bien cae en un espiral de alzas constantes, cada vez crecen los incentivos para buscar un sustituto o usar un sustituto, ejemplo de ello es cuando el cobre alcanzó un precio record se empezó a usar el aluminio en algunos sectores como sustituto.
¿Pero que hacer con aquello que no tiene sustituto?
Si deterioramos continuamente la naturaleza con dióxido de carbono, metano, óxidos de azufre o de nitrato y material particulado, se creará la necesidad de un sustituto, pero lamentablemente este no existe, no existe magia alguna que haga cambiar de un momento a otro el panorama que se ha gestado desde la revolución industrial, nuestro capital natural no tiene sustituto alguno por lo que queda solo cuidarla para no entrar en el espiral de destrucción que plantea Stevens Hawkins, que comienza cuando el planeta esta en tal nivel de detrimento que no puede reprocesar el dióxido de carbono y este comienza a aumentar exponencialmente en un espiral que no se puede detener que desembocará en convertir al planeta tierra en un planeta con continuas lluvias acidas y una temperatura que hará imposible la vida, para evitar esto es fundamental entender que sin cambio tecnológico dirigido a la eco-eficiencia es imposible (y poco ético) que la economía crezca, porque la economía se desarrolla dentro de otro sistema que no crece la naturaleza.